Reclamamos o sufrimos por obtener de otros atención, aprecio, aprobación, o reconocimiento, y quedamos atados a esta expectativa… Con ella, la relación con los demás se convierte en algo más importante que nosotros mismos y a veces terminamos entregando lo que no tenemos, es decir, relacionándonos desde aquello que falta y que no me doy a mi mismo. Cuando esto sucede, se tiende a la dependencia y comienza la interminable tarea de complacer a los demás o a generar relaciones basadas en la inseguridad, la envidia, el miedo, los celos, la rabia…
Cuando estamos de espectadores de la vida de otros decimos cosas como: «es que él/ella no se valora», «eso es quererse muy poquito», «es que tiene baja autoestima», y desde la silla es muy fácil volverse experto en la vida de los demás, viendo lo que falta, de lo que carecen o lo que podrían mejorar; pero ¿qué pasa con cada uno de nosotros? ¿hemos hecho el ejercicio de observarnos? ¿de dónde proviene aquello que doy? ¿del miedo?, ¿del afán de que me abandonen?, ¿de la idea de que «es gracias al otro que me siento seguro»? o ¿desde el «yo, que se lo he dado todo…»?, desde este lugar, ¿cómo recibimos? Cuando hay relaciones que frecuentemente nos traen sufrimiento, angustia, desespero, celos, y con las cuales nos sentimos inconformes, es necesario preguntarse si lo que esperamos que nos den, tú te lo estás dando a ti mismo y si lo has labrado en tu vida, en ti y para ti; este es el principio de la generosidad; desde lo cultivado podemos dar realmente con amor y libertad.
Soy digno de amar y ser amado -Me valoro tal y como soy – Me siento merecedor.
Esperar que lo anterior lo vean otros en nosotros es una ilusión que se desvanece. Alguna vez oí a alguien decir que «en vez de pensar que el otro me haga feliz, decido compartir mi felicidad con los demás…».
Nada para mí que no sea también para los otros. Lo que es mío es parte de lo que es de todos. Alejandro Jodorowsky.

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