No siempre es fácil darse cuenta de que ¡hay alas para volar! y puede ser aún más difícil cuando el vuelo a veces no va en la dirección de lo que tus padres o tus seres queridos esperaban, y eso duele. Puede haber
un sentimiento profundo de temor a defraudarlos, a herirlos o sentir que por emprender tu vuelo te puedes alejar de ellos, dejar de pertenecer o incluso perderlos. Cuando vemos con claridad que esto nos sucede, podemos tomar la decisión de no usar nuestras alas pensando, ante todo, en «complacer al otro», esto entendido como un gesto de amor. Sin embargo, aunque actuamos con la mejor voluntad, podemos estar frenados por el miedo, lo que nos debilita y supedita nuestras trayectorias a destinos ajenos. Pueden pasar años, incluso décadas, pero creo que es inevitable que llegue el momento de detenernos, sentir nuestras alas y evaluar la dirección hacia la que nos estamos dirigiendo antes de emprender de nuevo el vuelo.
Cuando te atreves a hacer vuelos propios en los que sigues tu intuición y corazón, ya sean pequeños, medianos o grandes, descubres en ti formas únicas de volar que antes no veías; lo que te lleva a ser cien por ciento responsable de tu vida, de tus acciones y elecciones… Además, te abres a la posibilidad de ver tu fuerza y cómo desde esta te conectas con los demás de una manera más genuina, amorosa, libre y consciente.
El «abrir tus alas» es la mejor forma de honrar y agradecer la vida que te dieron, no solo a tus padres, sino a las generaciones anteriores, y el hacerlo, implica frecuentemente dejar de repetir aquellos patrones y creencias que, aunque nos dan la seguridad de pertenecer, nos atrapan y a veces nos impiden hacer nuestro propio camino. Abrir tus alas no es un acto de rebeldía, es un acto de crecimiento, amor, consciencia y madurez.

EXCELENTE.
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Muy de acuerdo y como tú dices hay apegos difíciles de romper. No es fácil todo esto.
Bueno cada uno elige, a veces no es uno quien elige y es ahí el nudo….
Abrazo
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