Hace un par de meses, estuve en la mañana en un restaurante, donde pedí una ensalada de frutas; en mi cabeza tenía la imagen de una gran variedad de frutas, supercolorida y además ¡una generosa porción!. ¡Oh «sorpresa» mi desinflada!, cuando llegó el mesero con un bowl pequeño y lleno hasta a la mitad, con una variedad de frutas bastante limitada (las que usualmente compro en el mercado), y, como para ponerle un toque «exótico», una rodaja de carambolo encima; debo confesar que duré unos minutos sintiendo indignación, desazón, con cara de desilusión y pensando en la desafortunada relación costo – plato.
Usualmente nuestras expectativas están ahí, no solo acompañándonos en algo tan cotidiano como lo que comemos, sino también en nuestras relaciones, tareas, objetivos a alcanzar y en nuestros proyectos. No hay que desconocer que es importante saber qué queremos, cómo lo queremos y hacia dónde quisiéramos avanzar; sin embargo, las expectativas nos atrapan en esquemas de cómo deben salir las cosas y, cua
ndo esto no se da como lo esperábamos, la desilusión, la decepción y la frustración aparecen en escena. A veces nos relacionamos más con lo que tenemos en nuestra cabeza que con lo que está en el momento, en vivo y en directo; y mientras que llegamos a ese punto tan anhelado, generalmente no nos acompaña la alegría, la gratitud y la serenidad… sino la ansiedad, la angustia, el miedo y la tensión, sentimientos que a veces nublan las posibilidades que nos ofrece el presente para alcanzar lo que queremos.
Si hablamos específicamente de las relaciones, ¿cuántas veces condicionamos nuestra actitud, palabras o acciones a lo que esperamos que algún día el otro haga, diga o peor aún, sea? En ese proceso nos perdemos de nosotros mismos, de tomar decisiones y de hacer algo «con lo que hay» y no «con lo que espero»: «Si yo hago ésto, tal vez él o ella…» y ahí nos podemos quedar, incluso culpando al otro, y sintiéndonos víctimas de la situación, sin que sea fácil identificar la responsabilidad que cada uno tiene en la construcción de la relación desde lo que se da y se recibe.
Dicho lo anterior, la propuesta es, sin perder de vista el que has construido como tu norte, revisar si, en el día a día, tenemos la capacidad de adaptarnos, ser flexibles, decidir, reconocer y, si es el caso, aceptar lo que tenemos y hacer lo mejor de ello, aunque eso implique, algunas veces, confrontarnos con nosotros mismos, con los demás, dejarse sorprender y, si es necesario, cambiar el rumbo.

Bien Marce .Me encantó el artículo. Sigue adelante.
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Olga Su gracias!!
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